Gospel Meditation

August 12, 2018                     19th Sunday in Ordinary Time

Have you ever approached a hushed group and were certain they were talking about you? It’s an uncomfortable feeling to catch people murmuring about what you did, said, or didn’t do. It breeds division and exclusion. In today’s Gospel, Jesus invites us to just the opposite.

The reading opens with the crowds “murmuring” their doubts about Jesus after he has proclaimed himself the Bread of Life. “Is this not Jesus, the son of Joseph … how can he say ‘I have come down from heaven’?” In his response, Jesus brings up the Israelites and the manna God brought them in the desert. If you turn back to the story in Exodus, you’ll see another similar word: murmuring. As the going got tough, the Israelites doubted Moses and God’s plan to protect and care for them as a chosen people. Here, Jesus proposes a difficult theological concept. Jesus himself is “the living bread” and “flesh for the life of the world.”

This is not an exclusive concept. “Everyone who listens to my Father and learns from him comes to me.” Why? Because “the Father who sent me draw[s] him.” The next time you’re at Mass, take a few moments to watch the communion line. Young and old, families and singles, diverse races and cultures and stories … we are all drawn to the Eucharistic table. Catholic doctrine may require faith, but it is a faith possible for anyone who seeks truth. Christianity does not hide behind locked doors in an exclusive clubhouse, whispering behind the backs of nonbelievers. Jesus compels us to share the love of God the Father for his children, that we one day be joined with Him and “live forever.”

 

MEDITACIÓN EVANGÉLICO

12 de agosto de 2018                19º Domingo del Tiempo Ordinario

Los judíos murmuraban porque Jesús había dicho: “Yo soy el pan que ha bajado del cielo”. Y decían: Conocemos a su padre y a su madre, ¿no es cierto? Él no es sino Jesús, el hijo de José, ¿Cómo puede decir que ha bajado del cielo”. (Juan 6:41-42). En este Evangelio, seguimos leyendo el discurso del pan de vida. Jesús mismo nos enseña el misterio de que él es el Pan de vida. Él es el único que se da de sí mismo a nosotros para darnos vida eterna. Sin embargo, ante la falta de fe de los que murmuraban ya que dicen saber el origen de su familia, conocían a sus padres y a sus amigos. Se dejaban llevar por la simple apariencia de la familia, sabían que era hijo de José y de María. Ellos, no veían más allá, no escuchaban que Jesús hablaba de su Padre del cielo. ¡Estaban ciegos y sordos a la gracia de Dios!

En nuestra vida, en nuestro caminar como discípulos de Jesús. ¿En que se basa nuestra fe, cómo la alimentamos? ¿Qué nos atrae de Él, de sus enseñanzas? “En consecuencia, toda la celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia. Jesús es el Pan de vida”. (Vaticano II, Sacrosanctum Concilium 7). Sin embargo, el reto es no criticar o murmurar en contra de la Iglesia y su tradición apostólica. Creer y vivir el misterio del pan de vida, es ser como Jesús, darse sin medida a los que lo necesiten.

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