Everyday Stewardship

April 14, 2019
Palm Sunday of the Lord’s Passion

Jesus warns us in the Gospel of Matthew, “If anyone wishes to come after me, he must deny himself, take up his cross, and follow me.” It is an invitation to a way of life, and a plan that leads to holiness. But make no mistake, it is a warning as well. The cross is a sign of victory, but only in light of the Resurrection. Alone, it is a symbol of ultimate sacrifice: the sacrifice of Jesus Christ for a fallen world, and the sacrifice we are called to make to truly follow him.

The power of this symbol has been diminished in popular culture. It is often used in fashion and simple wall art and on bumper stickers and T-shirts, sometimes with Christian clichés and sometimes not. But the cross is something so much more. It is a reminder of the pain, suffering, and death of one who loved us so much that he would give his very life for us. It is our God on that cross. It is God who cries out in despair, feeling the ultimate depth of human emotion. And there lies the key for us in trying to live this life of carrying our crosses.

For those who suffer the death of a loved one, the Father lost his Son. For those who suffer the ravages of disease, his body was broken, beaten, and pierced. For those who feel they have no way out – whether due to prisons that are physical or prisons that are of the mind – he hung on a cross and cried out, “Why?” For those who feel alone and abandoned, he hung on a tree where no one could comfort him, not even his own mother. He has walked in all our shoes, and now we are called to walk in his. In the cross, we find solidarity with the human condition. In an empty tomb, we find our hope.

-Tracy Earl Welliver, MTS


LA CORRESPONSABILIDAD DIARIA

14 de abril de 2019
Domingo de Ramos de la Pasión del Señor

Jesús nos advierte en el Evangelio de Mateo: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga.” Es una invitación a un modo de vida y un plan que conduce a la santidad. Pero no se equivoquen, también es una advertencia. La cruz es un signo de victoria, pero solo a la luz de la Resurrección. Sola, es un símbolo de sacrificio extremo: el sacrificio de Jesucristo por un mundo caído, y el sacrificio que estamos llamados a hacer para seguirlo verdaderamente.

El poder de este símbolo ha disminuido en la cultura popular. A menudo se utiliza en la moda, en simples decoraciones para la pared, en calcomanías para las defensas de los autos y en camisetas; a veces con frases populares cristianas y otras veces no. Pero la cruz es mucho más. Es un recordatorio del dolor, el sufrimiento y la muerte de alguien que nos amó tanto que dio su propia vida por nosotros. Es nuestro Dios en esa cruz. Es Dios quien grita desesperado, sintiendo la máxima profundidad de la emoción humana. Y ahí está la clave para nosotros, en tratar de vivir esta vida llevando nuestras cruces.

Para los que sufren la muerte de un ser querido, el Padre perdió a su Hijo. Para aquellos que sufren los estragos de la enfermedad, su cuerpo fue roto, golpeado y perforado. Para aquellos que sienten que no tienen salida, ya sea debido a las prisiones que son físicas o las que son mentales, Él colgó de una cruz y gritó: “¿Por qué?” Para aquellos que se sienten solos y abandonados, El colgó de un árbol donde nadie podía consolarlo, ni siquiera su propia madre. Él ha caminado en los zapatos de todos nosotros, y ahora estamos llamados a caminar en los suyos. En la cruz, encontramos solidaridad con la condición humana. En una tumba vacía, encontramos nuestra esperanza.

– Tracy Earl Welliver, MTS