Everyday Stewardship

We can easily feel obligated to attend a party, wedding, or other event that we find ourselves invited to as a guest. If we want to go, then we get dressed up and rush off with anticipation of fun and good times with friends. If we dread going, we get ourselves together slowly and arrive late, hoping that the event will not be so long and we can then get on with the rest of our day. The difference in our feelings may have to do with many aspects: the host, the attendees, the reason for celebration, or even the venue. Either way, the invitation has been given to us because someone feels that our presence would make a positive difference. Our response is entirely our own. We decide how we will answer the invitation.

Every Sunday, every day in fact, you and I have received an invitation to a banquet more celebratory and grander than any wedding or birthday party. The host is actually Jesus Christ himself, and he has prepared a feast that promises to satisfy. He has prepared for this event by giving all he has to give. No host has ever been more gracious. His hope is that you will be happy to attend for your presence does make a tremendous difference. Would he invite you if attending made no difference at all? Will you RSVP with a sense of joy and anticipation? If this is just another invite that obligates you and you approach the event with indifference, the host wonders if you really comprehend what he went through to make this meal possible. He also wonders if you really understand what is truly being celebrated.

—Tracy Earl Welliver, MTS

La corresponsabilidad diaria

Uno se puede sentir obligado a asistir una fiesta, o una boda o cualquier otro evento. Si uno quiere ir, se viste apropiadamente y anticipa la celebración y el buen rato que pasará con amigos. Si uno no tiene ganas de ir, puede tardar en arreglarse, llegar tarde, en espera a que se acabe el evento. La diferencia en como uno se siente puede ser debido a diferentes aspectos: el anfitrión, los invitados, la razón de celebrar o quizás la ubicación del evento. De cualquier forma, la invitación se da porque alguien piensa que la presencia de una hará una buena diferencia. La respuesta que uno da es completamente de uno. Uno decide cómo toma la invitación.

Cada domingo, de hecho, usted y yo recibimos una invitación a un banquete más grande que cualquier boda o fiesta. El anfitrión es Jesucristo, y Él ha preparado una fiesta que promete satisfacer. Él se ha preparado para este evento en dar todo lo que ha podido dar. No hay otro anfitrión que compara. La esperanza de Él es que sí asistirá usted a la fiesta del Señor porque su presencia verdaderamente hace una gran diferencia. ¿Lo invitaría Jesús si asistir no haría ninguna diferencia? ¿Usted asistirá con alegría y anticipación? Si esto es solo otra invitación que lo obliga a asistir e ir a la fiesta no hace diferencia, el anfitrión se pregunta si usted entiende verdaderamente lo que Él hizo para que usted tenga esa comida. También se pregunta si usted verdaderamente entiende lo que se celebra en la fiesta.

—Tracy Earl Welliver, MTS