Gospel Meditation

January 20, 2019 ~ 2nd Sunday in Ordinary Time
When you think of being Catholic, what do you think of? Perhaps you grew up with your only associations being fasting, nuns with rulers, and “Catholic guilt.” Our faith can sometimes have the connotation of restriction and absence, not abundance. Who is God in your life? Is He the divine law-giver, the judge punishing the rule-breakers? These are certainly attributes of God. But the laws don’t exist for themselves alone. They exist to help us love one another as God loves us. And this loving God is the author of abundance and joy.

Did you hear today’s Gospel? “There was a wedding at Cana in Galilee.” Here at this wedding, Jesus would perform “the beginning of his signs…and so reveal his glory.” This first sign isn’t a miraculous healing. He didn’t raise someone from the dead. He kept a party going! “There were six stone water jars there for Jewish ceremonial washings, each holding twenty to thirty gallons…the water…had become wine.” The wine has run out. Jesus creates somewhere between 120 and 180 gallons to help his friend save face. We may not have such momentous miracles in our lives, but God is watching out for us. The string of green lights when you’re running late. The sale on the replacement appliance you need. The friend who calls at just the right time. These are the little moments of God’s abundance. We just need to look for them!

Not only does Jesus surprise, but the guests point out to their host: “You have kept the good wine until now.” The divine wine is better than the earthly variety. God’s goodness is better than what we can grasp at for ourselves. Isn’t that how it always goes?

MEDITACIÓN EVANGÉLICO

20 de enero de 2019 ~ 2º Domingo de Tiempo Ordinario
Hoy, dejamos el Evangelio de Lucas para escuchar el de Juan. En este, se narra el primer signo de Jesús en la boda de Caná. Juan le dice signos a lo que Lucas llama milagros y en este caso se resalta la señal manifiesta, de la dignidad eminente de Cristo. En la escena de la boda Jesús aparece como el que trae un vino nuevo a petición de su Madre María. “Todo el mundo sirve al principio el vino mejor, y cuando ya todos han bebido bastante, les dan el de menos calidad; pero tú has dejado el mejor vino para el final” (Juan 2:10). Con este signo milagroso, sale lo viejo y entra lo nuevo para quedarse para siempre.

“Esta señal milagrosa fue la primera, y Jesús la hizo en Caná de Galilea. Así se manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él” (Juan 2:11). El sacerdote español, José Luis Martin Descalzo (1930-1991), lo explica así: “La vida pública de Jesús comienza con una fiesta. Porque el anuncio de la buena nueva sólo puede empezar con un estallido de alegría. Cristo no puede presentarse ante los hombres como un aguafiestas que viene a rebajar el vino de la alegría. Él trae un vino mejor, no una tinaja de aburrimiento. Quizás algunos hubieran preferido un funeral o quizás una solemne liturgia en el gran templo”. En el banquete actual que es la Eucaristía, entramos todos sin distinción de raza ni color; todos somos bienvenidos a celebrar la presencia real de Cristo entre nosotros. Sigamos atentos a la voz de la Madre. “Hagan lo que él les diga” (Juan 2:5). Es un mensaje que se aplica para entonces y para hoy.

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