Gospel Meditation

June 17, 2018             11th Sunday in Ordinary Time

“This is how it is with the kingdom of God.” What is a kingdom? Is it the brick and mortar that build up the castle? Is it the expanse of land a king can reasonably defend? Our notions of kingdoms may be romanticized in the modern era, but for the Israelites, a kingdom held deep historical meaning. Thousands of years before the birth of Christ, the Israelites had asked God for a king. After the reigns of David and Solomon, the united kingdom dissolved into factions, and the land was conquered by the Assyrians, Babylonians, and, finally, Romans. For the Israelites, a kingdom was something to build, both structurally and civilly. While this had ended in ruin for their ancestors, many of Jesus’ contemporaries longed for the restoration of an earthly kingdom.

Jesus’ words in today’s Gospel are a radical departure from this perspective. He compares the Kingdom of God to a field, but it appears that the farmer has little to do with its progress. “The seed would sprout and grow, he knows not how. Of its own accord, the land yields fruit.” Jesus introduces his followers to a new sort of kingdom, a kingdom where God provides the growth.

There is work to be done, of course. “When the grain is ripe, he wields the sickle at once, for the harvest has come.” But for the Kingdom of God to flourish, there are certain things that are outside of our control. We sow seeds of kindness, justice, and integrity … and then we must be patient. As shoots of faith appear, we nurture the growth with encouragement. As Christians, our task is not to build the Kingdom of God under our power alone, but to trust in the life-giving movement of God.

MEDITACIÓN EVANGÉLICO – ALENTAR ENTENDIMIENTO MÁS PROFUNDO DE LA ESCRITURA (Gospel Meditation)

17 de junio de 2018    11º Domingo del tiempo ordinario

Muchas veces los maestros de las escuelas y los catequistas de las parroquias llevan a cabo la dinámica de invitar a sus alumnos a plantar una semillita de frijol en un pequeño vaso lleno de tierra. Todos los días los niños cuidan y observan cuidadosamente la semilla hasta que brota la planta. Y al verla crecer se llenan de contento. En las lecturas de hoy encontramos algo similar a esta dinámica. Jesús nos asegura que la semilla crece por sí misma con impresionante vitalidad. “Escuchen esta comparación del Reino de Dios. Un hombre esparce la semilla en la tierra, y ya duerma o esté despierto, sea de noche, o de día, la semilla brota y crece, sin que él sepa cómo” (Mc. 4:26).

En el Evangelio, Jesús dice palabras que ayudan al corazón de cada persona a crecer sembrando el bien en dondequiera que se encuentre. Las parábolas son una directa invitación a la esperanza, a no perder el ánimo de sembrar a pesar del desaliento que muchas veces afecta a los sembradores. Papás, mamás, maestros, catequistas y, en fin, todos los trabajadores que día a día luchan por una sociedad más justa. Jesús hoy nos reta a todos a dejar el desánimo y seguir evangelizando, dialogando y guiando a nuestros hijos, alumnos, amigos y familia. Aunque parezca que la semilla no da fruto, Dios se encarga de que germine en cada corazón. ¿Cómo sientes que germina la Palabra de Dios en tu vida? ¿Cómo respondes ante el desánimo de seguir esparciendo el bien? La Palabra de Dios nos alienta a ser fieles y tener plena confianza en él. ¡No lo defraudemos, sigamos luchando por la justicia!

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