Everyday Stewardship ~ Recognize God in Your Ordinary Moments

The gift of the Mission

Early on in my work in parish ministry, I had to deal with a tough human resources situation, letting some staff members go and stepping into a role that demanded more of my time and energy.

In moments like this, stewardship can feel burdensome. Things take a turn we didn’t expect, perhaps in spite of our best efforts. Maybe more is asked of us than we want or feel prepared to give.

But that’s when we need to remember that stewardship isn’t a job that we apply for. It’s a gift bestowed directly from God, the Creator of all, and that can be scary all on its own, if we are preoccupied with our own unworthiness. What we might want to do is fall on our knees like Simon Peter and announce, “Depart from me, Lord — I am sinful.”

But what if we stop looking in the mirror and look instead to God?

All those years ago, when I was faced with that ministerial challenge, I asked my wife to join me. What started as a tough situation turned into a decade of shared ministry with her — an experience I wouldn’t trade for anything. It was a burden that became a gift.

We must remember that God knows what He is about. In His mercy, He gives us what we need as everyday stewards. When God calls out, “Whom shall we send?” we — in all our sinfulness — are allowed to cry out “Send me, Lord!” And He sends us out and behold — our nets tear with the bounty we harvest in His name.

— Tracy Earl Welliver, MTS

©LPi

LA CORRESPONSABILIDAD DIARIA ~ RECONOCER A DIOS EN LOS MOMENTOS ORDINARIOS (Everyday Stewardship)

El Don de la Misión

Al principio de mi trabajo en el ministerio parroquial, tuve que lidiar con una difícil situación de recursos humanos, dejando ir a algunos miembros del personal y asumiendo un rol que demandaba más de mi tiempo y energía.

En momentos como este, la corresponsabilidad puede sentirse como una carga. Las cosas dan un giro que no esperábamos, quizás a pesar de nuestros mejores esfuerzos. Quizás se nos pide más de lo que queremos o nos sentimos preparados para dar.

Pero es entonces cuando debemos recordar que la corresponsabilidad no es un trabajo al que solicitamos. Es un regalo otorgado directamente por Dios, el Creador de todo, y que puede ser pavoroso por sí solo, si estamos preocupados por nuestra propia indignidad. Lo que podríamos querer hacer es arrodillarnos como Simón Pedro y anunciar: “Apártate de mí, Señor, soy pecador”.

Pero ¿qué pasa si dejamos de mirarnos en el espejo y envés de eso miramos a Dios?

Hace todos esos años, cuando enfrenté ese desafío ministerial, le pedí a mi esposa que se uniera a mí. Lo que comenzó como una situación difícil se convirtió en una década de ministerio compartido con ella, una experiencia que no cambiaría por nada. Fue una carga que se convirtió en un regalo.

Debemos recordar que Dios sabe de qué se trata. En su misericordia, Él nos da lo que necesitamos como corresponsables diarios. Cuando Dios grita: “¿A quién enviaremos?” nosotros – en toda nuestra pecaminosidad – somos permitidos gritar “¡Envíame, Señor!” Y Él nos envía y he aquí, nuestras redes se rompen con la generosidad que cosechamos en Su nombre.

Tracy Earl Welliver, MTS

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